viernes, 25 de noviembre de 2011

Aquella noche

Faltaban dos horas para la conclusión de aquel sábado estival cuando reanudaron el antiguo rito. Esa noche él no apartó su mirada de ella. Era como si pretendiera capturar cada instante, cada movimiento, cada paso. La escudriñó desde todos los ángulos, de espalda, de frente, acostada, sentada, cuando se posicionaba encima de él mientras los movimientos de las caderas femeninas se iban acelerando sin perder su cadencia. Una diminuta bata roja le ocultaba los senos en un corset ceñidísimo a su torso, a la vez que las zonas inferiores quedaban descubiertas en una semi transparencia que él encontraba irresistible.

Mas el embrujo provenía de aquellos ojos, verdes y brillantes, que le compelían la rendición de su voluntad, una devoción que no recordaba haber sentido antes. Esa noche fue su adorador. Ella hizo buen uso de toda esa atención. Apenas durmieron. Dedicaron la noche a concentrarse en las bocas, las miradas, sus cuerpos, en los movimientos del coito que pasaban de pausados y deliberados a frenéticos, hasta que ella anunciaba a viva voz que otro clímax era inminente.

Él utilizó las pausas antes de nuevas embestidas para acariciarle el cabello y acercarse al rostro. Despegaba los anteojos y los ubicaba en la mesa de noche, contigua a la cama que fungía como principal arena del duelo de dos cuerpos que resultaron ser expertos en el arte amatorio. Buscaba así enfocar los ojos para contemplar la mirada más hermosa que podía concebir. Si la felicidad es ciertos momentos, él intentaba capturar el evento de aquella presencia. El recuerdo sería las ruinas de lo que fue la perfección de sentir.

Ella sonreía. No era el momento de preocuparse por el pasado ni el futuro. Esa noche no tuvo reservas y estuvo dispuesta a dejarse ir, aunque por momentos no podía evitar preguntarse cuál era el significado de tal insistencia en no apartarse de su faz. El vino espumoso contribuía al ambiente, y los sorbos alternaban besos, caricias, mordidas. La música provenía de una estación de rock que en esas horas no transmitió una sola canción conocida, lo que añadió a la rareza de aquella sesión que no sabían si podrían emular. Sin acordarlo, vivieron el momento con total abandono.

Ya ella sabía de la habilidad de su amante para contener los “pistilos de agua luz” de la canción de Ricardo Arjona; y disfrutaba aquella capacidad para llevarla al éxtasis de decenas de orgasmos. Al cabo de varias horas ella le rogó que la llenara del néctar de sus interiores. No contuvo más la explosión, que le dio a la mujer una satisfacción más allá de la lujuria.